MAYODEL68
"Un espacio para el buscador fuera de la mátrix"

 

EL Ser LIBRE.  COMPARTIENDO

Gracias a Marisa Ferrer por atender la petición de compartir la experiencia de alguien que estuvo y vivió con el Padre Basili Girbau.

Gracias a Josep Vergés por tener el detalle de contactar con Marisa.

Comparto la experiencia vivida por Marisa que acercará más al lector, a la figura de un Humano  que alcanzó Ser Libre en plenitud, sin miedo a la pasión y los clavos de la cruz que cada uno forma en la existencia por la que transita.

 

            "Pare Basili Girbau"

 

Hola Mayo,

 

Josep me ha propuesto compartir algunos recuerdos de momentos que viví con el pare Basili. Recordarlo es algo que me emociona, porque era una persona muy entrañable. Para mi va a ser un verdadero honor poder tener la oportunidad de recoger algunos fragmentos de momentos inolvidables pasados con él.  

Hace unos 25 años decidí salir de Barcelona y buscar algún pueblecito donde vivir más tranquila. De manera muy natural, casi sin buscar, la vida me llevó a Monistrol de Montserrat, en la falda de la montaña. Cuando me instalé allí ya hacía un tiempo que conocía al pare Basili, así que en seguida empecé a entablar mayor contacto con él. Subía a visitarlo de vez en cuando.  

La primera vez que oí hablar del pare Basili fue a unos amigos que habían estado de viaje por India y habían conocido al Dalai Lama. Tuvieron una conversación acerca del Amor y el Dalai Lama les dijo: “No hacía falta que salierais de Barcelona para comprender qué es el Amor. Sólo tenéis que ir a Montserrat y conocer al pare Basili, ya que él es un ejemplo viviente del Amor.

Me llamó la atención y, por supuesto, me propuse conocerlo, así que fui a visitarlo.  

Me sentí a gusto con él desde el primer día. Era un hombre completamente sencillo, muy ligero, con un sentido del humor muy fino. Muy perceptivo y capaz de removerte por dentro, pero de manera tan pacífica que difícilmente te resistías a sus correcciones.  

El camino hacia su casa era muy particular desde la basílica. Tenías que pasar un acantilado que a mi, personalmente, me daba pánico. Pero eso nunca me limitó y pasaba por allí y volvía una y otra vez a verlo. Con el tiempo, descubrí otros caminos más largos pero con menos riesgo.

Es curioso que el pare Basili también tenía vértigo. Un día le dije: “Cómo puede ser que usted no tenga miedo a la muerte y sí tenga vértigo?” Me contestó que no tenía miedo a la muerte, sino a morir así, ¡cayendo por un precipicio, acabando aplastado en el suelo!  

Cuando ya estabas cerca de su casa, a menudo aparecía un pitirrojo. Podía pasarte desapercibido. Te acompañaba hasta su casa. Recuerdo que el pare Basili le había puesto nombre y no le daba importancia al tema. Le parecía de lo más natural. Te llevaba hasta el pare Basili, lo que yo interpretaba como un signo de recibimiento. Realmente tenías la sensación de ser muy bienvenido, porque era muy claro que al ermitaño le gustaba recibir visitas. Era un hombre extremadamente comunicativo. Aprovechaba cualquier oportunidad para aportar luz a sus semejantes. Te hacía sentar cerca de él y empezaba a dialogar acerca de temas importantes para conectarte al Ser. No recuerdo ni una sola conversación intrascendente o superficial, nada de protocolos, nada de quedar bien; sólo perlas para el espíritu.  

A menudo (muy a menudo) te pegaba un toque. Tenía una verdadera habilidad para percibir cuando te salías de lo esencial y te cortaba rápido el paso. Por ejemplo, recuerdo que una vez le hice una pregunta acerca de la reencarnación. Me miró con sus ojitos penetrantes y alegres y me preguntó: “¿Lo que yo conteste puede de alguna manera traer más Amor a tu vida?” Le contesté que realmente no. Me dijo: “Entonces, para qué hablar de ello”. De todas formas, creo que era una respuesta para todo el

grupo, porque es un tema que en alguna ocasión sí tratamos. Recuerdo que me dijo que lo que teníamos que hacer era resucitar, no reencarnar. Hablaba de ello con intensidad y se notaba que era a partir de sus experiencias que hablaba de ello. De todas formas, creo que no llegué a comprender la profundidad de lo que intentaba explicarme.  

Eran cortes que no te hacían sentir mal. Al menos conmigo lo hacía sin la más mínima ira, impaciencia o desprecio. Todo lo contrario, en su expresión veías aprecio y alegría, así que no te podía molestar si estabas dispuesta a compartir sinceramente. Estoy hablando desde mi experiencia con él. Es posible que otras personas lo percibieran diferente, dependiendo de lo que las personas buscaran en él.  

Te sentías realmente en Amor. Nos vimos en muchas ocasiones y en seguida me sentí su amiga. Pero no como algo especial, no era ese tipo de amistad condicional. No era algo nada embarazoso ni que hubiera que cultivar. Simplemente, era un hombre que vivía en el Ser y se estaba más que bien con él. No recuerdo ni una sola vez que no se alegrara de verme, pero es probable que fuera así con todo el mundo.  

Fui muy privilegiada, porque como subí a veces a verle en días que no había nadie por allí, tuve varias ocasiones en que pude estar a solas con él y conversamos largamente. Nos reímos y también tuvimos conversaciones serias. En al menos una ocasión comí con él. Yo llevaba mi fiambrera y cuando llegué él se disponía a comer. Me propuso compartir la comida. Me llamó la atención que comió algo así como dos cucharadas de arroz y un par de garbanzos. Yo comí más, jjjajaa  

Recuerdo que a menudo decía: Ahora todo el mundo está obsesionado con servir. Está de moda. “Servir, servir, servir…” Pero…. ¡A ver lo que das! Según que rollo lleves, ¡mejor no lo des! Su lenguaje era muy coloquial. En ningún momento mostraba ningún signo de erudición. Gesticulaba y se movía mucho, con graciosa teatralidad.  

Era muy consciente de su responsabilidad cada vez que alguien subía a verlo. En seguida se ponía por la labor, aclarando a la persona o al grupo sin parar y creando un ambiente de Amor. Nada de monerías ni cariñitos, Amor. No lo recuerdo cariñoso, más bien alegre, chisposo. Compartir, dialogar, aclarar… Estaba feliz en ese papel y se desenvolvía en él completamente relajado y suelto. Eran como satsangs en la naturaleza y él estaba allí en su elemento, suelto y a gusto.  

Había una caseta cerca de la ermita construida con el propósito de que personas pudieran ir a vivir cerca de él. De vez en cuando, había allí algún joven en proceso de salir de alguna adicción.  

Una vez le comenté que estaba preocupada por un niño de unos 14 años que había dado un cambio brusco y estaba irreconocible. El se puso muy serio y me habló de lo que él percibía de otros mundos. Me explicó que uno de los chicos que había tenido en las casetas, cuando ya estaba muy recuperado empezó a oír voces. Las voces le proponían cosas que no estaban bien y este chico fue perdiendo la cordura. Se acabó tirando por un precipicio, para consternación del monje. Me confesó que creía que se había tirado impulsado por voces malintencionadas de otra dimensión. Me recomendó que tuviera mucho cuidado con el niño y estuvimos hablando del tema bastante rato.  

Una vez, estando en grupo, le pregunté si había visto ovnis. Ya que se habla de que entran y salen de la montaña de Montserrat los días 11 de cada mes, el pare Basili los tenía que haber visto. La respuesta fue muy graciosa. Se irguió, en plan teatral y dijo: “En mis múltiples viajes aquí y allá en varias dimensiones he visto muchas cosas, algunas extraordinarias, pero a estos no los he visto. Y por cierto que me gustaría.”  

Un día el pare Basili se empezó a encontrar muy, pero que muy mal. Se dio cuenta de que era algo grave. Sus posibilidades de ser atendido eran casi inexistentes, porque era un día entre semana y no acostumbraba a subir nadie. Estaba sufriendo una hemorragia interna. Sentía un dolor insoportable. Como era seguidor de Ramana Maharshi y estudioso del advaita, se sentó en una silla en el exterior de la cueva y empezó a decirse a sí mismo: “yo no soy mi cuerpo” Estuvo un rato diciéndose: “yo no soy mi cuerpo, yo no soy mi cuerpo…” Al final, sentía un dolor tan enorme que dijo: “yo no soy mi cuerpo, pero ¡¡¡cómo me duele!!! Lo explicaba riendo. Entonces, sucedió el milagro, una sincronicidad: Un chico al que el padre había tenido allí durante mucho tiempo tuvo el impulso de ir a verlo justo aquel día, justo en aquellos momentos. Cuando llegó, lo encontró sentado fuera de la cueva, en aquel estado de sufrimiento. El chico bajó tan rápido a buscar ayuda que él no comprendía cómo no se mató, porque bajó las escaleras hasta la basílica en minutos. Enviaron un helicóptero a buscarlo. Cuando llegaron, lo entraron en el helicóptero y el pare dijo: “Yo ventana” Jajjajajaja No perdía el sentido del humor ni en los peores momentos. Me dijo: de alguna manera yo salvé la vida de este chico y él vino a salvar la mía.

A partir de aquel momento, el punto en que aterrizó el helicóptero, cerca de la cueva, pasó a llamarse “La plaza del helicóptero”. Ahí era donde se reunía con los grupos cuando lo visitaban. Cuando llegaban les decía: Esperadme en la plaza del helicóptero que ahora voy.

 

 

Vivía en una cueva con pared para cerrarla. De delante era una casa, pero dentro era una cueva. A 2 o 3 metros, por la parte de delante tenía el precipicio. A pocos metros, estaba la plaza del helicóptero, como en un entrante hacia el precipicio. Parece increíble que viviera allí, dado su vértigo, pero me dijo que aquello no le impresionaba porque estaba acostumbrado. Y periódicamente bajaba las empinadísimas escaleras que llevaban al monasterio, a buscar víveres.  

Cuando lo llevaron al hospital, consideró que las enfermeras eran demasiado serias y no tenían sentido del humor, así que se propuso levantar su ánimo. En pocos días, todas sonreían y mejoró el ambiente. Pero una de ellas se le resistía. Al final, consiguió que se soltara y comenzara a tomarse la vida con más humor. Lo explicaba como una hazaña, recreándose en los detalles de “la batalla” con la enfermera.  

El tiempo que lo estuve visitando más asiduamente, vivía con un perro. Por la tarde me decía, “ven, ven... que verás cómo hace yoga”. Disfrutaba contemplando al perro cómo se revolcaba por el césped. Cada tarde lo hacía durante un rato.  

En muchas ocasiones me explicó cosas de su vida. Me encantaba escuchar sus historias. Era un hombre muy culto, había leído muchísimo. Cuando era joven y ya era monje le gustaba que le enviaran a cualquier país para estudiar diferentes temas. Viajaba con otro monje amigo suyo con el que le unía una enorme complicidad. Me estuvo explicando cómo habían atravesado países en guerra y se habían metido en mil y un berenjenales. Eran realmente muy intrépidos y su vida no tenía mucho en común con los monjes

convencionales. En alguna ocasión, en un país en guerra (creo que la antigua Yugoslavia) estuvieron en medio de un tiroteo.

Le pregunté: “¿Qué se hizo de su amigo?” Me contestó: “¡Se unió a un circo!” Su amigo y él debían ser algo digno de recordar para los que los conocieron de jóvenes.  

Un día me dijo su edad y no era muy mayor. Aparentaba tener más años. Le pregunté por qué había envejecido tan rápido y me contestó que él hacía una vida muy sana desde que estaba en la cueva, pero antes se había pasado mucho. Me confesó que había sido un hombre con sobrepeso y se daba lo que llamamos “la buena vida”.  

En una ocasión, lo visitamos con unos amigos. Cuando llegamos, lo encontramos expectante, con ganas de explicarnos algo que le había pasado. En medio de mucho humor, nos explicó que la semana anterior había subido un señor con un defecto de nacimiento, una de estas personas que tienen un brazo más pequeño de lo normal y sin movimiento. Se ve que estuvieron charlando y al irse, el pare Basili le puso la mano en el brazo despidiéndose y el señor notó algo especial. Al bajar por la montaña vio una luz y no sé qué más y tuvo una experiencia llamémosla mística. Se ve que el señor había subido el día anterior para explicárselo y, moviendo el brazo paralítico, le había dicho: “Mire, mire, lo muevo padre, ¡estoy alucinando! Y él le contestó: “¡Yo también!” Jajjajajaa… Cómo nos reímos con él. Estaba feliz fuera lo que fuera que hubiera pasado.  

Un día hablamos de qué magia mueve nuestras cosas en la vida. Me explicó que cuando aún estaba en el convento, le pasó por la cabeza que estaría bien ser el próximo eremita. A partir de ahí, se sucedieron una serie de eventos y él realizó su sueño. En base a su experiencia, había llegado a la conclusión de que ese tipo de expresión, “estaría bien”, era más o menos la fórmula para ir realizando lo que crees que sería bueno para ti en tu vida. Él se había fijado en que funcionaba así. Sin un deseo excesivo, simplemente siendo consciente de que “estaría bien”.  

Una persona que lo visitaba a menudo le llevó una radio. Le dijo que al menos la tuviera para escucharla de vez en cuando y ver cómo iban las cosas. No le motivó demasiado el tema y la tuvo guardada durante meses o años. Un día decidió que quizá sería bueno escucharla y la puso. ¡Era el 23 F! Empezó a oír que unos guardias civiles habían asaltado el congreso, los tanques estaban entrando en Valencia… Jajajjaa. Se llevó un buen susto. ¡Pensó que el mundo estaba fatal!

A partir de ese día, de vez en cuando puso la radio, para estar al tanto de lo que pasaba por el mundo. No era nada rígido, se adaptaba a lo que iba aprendiendo. Estaba muy atento a las señales que le mandaba la vida.  

Para acabar, después de esta selección de recuerdos que tengo en gran valor, diré que el pare Basili es inolvidable. Lástima que explicar las cosas no es lo mismo que vivirlas, porque me gustaría poderlas transmitir como fueron, en todos sus matices. Ha sido un verdadero privilegio haberlo conocido.

 

Marisa Ferrer

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